Nos quejamos tanto

Qué divertido es ser humano. Ser eternamente inconformista, querer siempre algo más o anhelar lo que no se tiene.
Ya desde pequeños apuntamos maneras, nos quejamos que todos nos tratan como niños, que queremos ser grandes, que queremos hacer lo mismo que nuestros hermanos mayores, sin darnos cuenta que la vida dura muy poco y esa será la mejor etapa, cero preocupaciones, cero problemas, cero responsabilidades, tantos años esperando que eso cambie y cuando por fin es así…. ¡daríamos lo que fuera por volver a ser pequeños! No pensemos ya en la época adolescente, cuando obviamente todo el mundo está equivocado menos uno mismo y los padres no se enteran de nada porque se han quedado anticuados en su época ¿cuántas veces nos habrán dicho aquello de “yo a tu edad”…? y nosotros pensando que descubríamos el mundo cuando era el mundo el que nos descubría a nosotros, pensando que nos lo íbamos a comer y bastante tenemos con que nos deje saborear el lado amable de la vida…
oh! adolescencia llena de sueños y fantasías cuantas mentiras nos dijistes, cuantos futuros premios por cantantes, actores, deportistas o científicos nos diste en la frontera de nuestra inocencia para luego arrebatárnoslos al despertar en la madurez.Y cuando nos damos
cuenta de la realidad, la asumimos, pues somos conscientes que no todos podemos ser un Bisbal, una Penélope, un Messi o un Einstein, pero la cuestión es quejarse y tenemos tantos motivos, porque es así, nos sobran motivos de queja. Algo muy sencillo y de lo que todo el mundo se ha quejado (o se quejará) alguna vez en su vida: nuestra imagen personal, las personas rubias quisieran ser morenas y las personas morenas quisieran ser rubias, o las de pelo rizado lo querrían liso, y lo mismo sucede al revés. Si lo tienes largo lo quieres corto y si te lo cortas luego lo quieres tener largo, o con nuestro cuerpo siempre queremos lo que no tenemos… menos barriga, más culo, menos cartucheras, más pecho, menos papada, más pelo, menos arrugas, más abdominales….¿Y el amor? ¿Qué deciís del amor? ¡Cómo nos gusta sufrir! En el supuesto caso que no tengamos la suerte de encontrar al tan nombrado y poco conocido amor verdadero, existe como una vertiente psicológico masoquista extendida por todo el mundo que dice que hay que sufrir, que daño ha hecho el refranero con sus “quien bien te quiere te hará llorar” o su “ojos que no ven corazón que no siente” si los sumamos tenemos el más moderno y realista… “el amor del idiota, tú por él y él por otra”.
En pareja nos quejamos porque nos sentimos poco valorados, poco queridos, poco entendidos, pero tampoco nos planteamos la opción de que puede ser nuestra culpa y a veces aguantamos por aguantar, por rutina y entonces… nos quejamos de la rutina… si es que lo que nos gusta es quejarnos, no creo que detestemos todo tanto como predicamos, nos quejamos de lo pequeña que es nuestra casa, de lo poco que corre nuestro coche, de lo mucho que hay que madrugar para ir a ese trabajo que no vamos ni a calificar, de lo poco que nos quiere ya nuestra pareja, de lo caro que está todo, de la publicidad que ponen en la tele, de lo lenta que va la conexión de internet, de la poca cobertura del móvil, de las caravanas en la autopista….
Y entonces me paro un momento a pensar… en nuestros padres… nuestros abuelos… aquellos que no se enteraban de nada cuando nos decían que estudiásemos porque nosotros sabíamos que éramos más listos, pienso en que ellos tenían familias mucho más numerosas de las que formamos nosotros hoy en día y cabían todos perfectamente en su piso, pienso que sus coches tardaban más de 10 horas en llevarte al lugar de veraneo que año tras año era el mismo, el pueblo o la playa y llegaban igual a los sitios incluso con la sensación de haber sido imprudentes por alcanzar la estratosférica velocidad de como mucho 100 km por hora, pienso en esas jornadas agotadoras en fábricas o en el campo de sol a sol, sin el respaldo de sindicalistas al nivel que lo hay hoy en día, pienso en tantas personas que quisieron divorciarse y no pudieron por convicciones educativas de aquella frase que tanto miedo daba “el que dirán”, pienso en como la gran mayoría de veces sacaban adelante a una familia numerosa con tan sólo un sueldo, pienso que la gente se relacionaba mucho más pero realmente de persona a persona, no había móviles y aunque parezca increíble la gente conseguía quedar para ir a dar una vuelta o lo que fuese.
Nos hemos centrado tanto en conseguir la comodidad personal que nos hemos olvidado de la gente como colectivo, antes quedabas con la gente de tu calle, de tu barrio o de tu pueblo, ahora quedas con una foto que has visto en una pantalla y te ha dicho que se llama fulanito, antes jugábamos en la calle, ahora juegan delante de esa misma pantalla, antes comías un plato de sopa con la receta del caldo de tu abuela, que te llenaba de tal manera que te echabas la siesta sí o sí y ahora nos recalentamos un liquido amarillo que viene en un brick, hemos pasado de la fruta y la verdura de campo, de los postres caseros, de los dulces tradicionales a todo aquello que lleve palabras que no entendemos, y cuanto más raro suene más nos apetece probarlo, (¿qué son los L casei inmunitas, y el omega 3 y los bifidus?) sin pararnos a pensar que cuanto más raro suena más caro es también, así luego nos podemos quejar de que no llegamos a fin de mes.
Todo lo manipulamos, no hay nada que no nos puedan vender ya envasado y prefabricado, desde el ya mencionado caldo hasta una casa entera y luego volvemos al pueblo a recordar viejos tiempos y nos sorprendemos que aún hayan tomates que saben a tomates, o nos extraña que la leche haga nata, o que el pan dure crujiente hasta la cena en lugar de ser un barra recauchutada. Nos hemos quejado tanto, para conseguir lo que creiamos que era mejor que no hemos valorado todo lo bueno que ya teníamos, ni todo lo nuevo es tan bueno ni todo lo antiguo hay que olvidarlo, si no al final la receta del cocido será como la de la cocacola… secreta!

Con la ilusión que me hace no puedes irte sin dejarme un comentario :)

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